Con el tiempo, la bruma y los vientos oscuros de la incertidumbre fueron apoderándose del sujeto. Comenzaron siguiendo sus pasos. Lentamente, fueron acercándose al ser cuyo sexo era imposible distinguir por la neblina que se iba apoderando del mismo. Sigilosamente....sigilosamente fue acariciando sus pies, los dedos de sus manos, su esbelta espalda. Se arrastraban como si de una espesa lava negra tratase. Daba igual cuánto corriese, cuántas veces intentase zafarse de aquella sustancia viscosa. No desaparecía. No se despegaba. Le lloró, le suplicó; pero no era suficiente.
Aquella masa indefinida del color del vacío continuaba subiendo, imparable. Trepaba por las piernas, los brazos, el torso. Se adentraba en el interior de aquel cuerpo temeroso, por cualquier orificio o barrera natural que encontrase. El contacto de aquella criatura era frío. Más frío que el hielo. Era un frío diferente, jamás sentido. Cada poro de su piel se tensaba al contacto. Cada entraña temblaba ante la entrada de aquel cuerpo extraño en el organismo.
Poco a poco, la masa, fue adquiriendo forma: a la altura de los hombros, se convirtió en una sola y, definiéndose en forma de garra invadió el cuello de aquel ser. Subió por el mentón hacia la comisura de sus labios. Los acarició, rozó sus dientes, besó su lengua y se adentró en sus profundidades. Mientras, otra parte de la sustancia aquella, continuó reptando hacia la nariz, las mejillas, palpó sus orejas, como si una amante fuera, y continuó su vasto recorrido por el cuero cabelludo. Finalmente, el sujeto no era más que un manto oscuro, impregnado de aquello con vida propia en donde lo único que todavía parecía humano eran sus ojos. La masa, al darse cuenta de su error, comenzó a acercarse hacia los ojos, convirtiéndose en sus párpados. Para el sujeto, sobrevino la oscuridad más inescrutable.
-Abrí los ojos. En frente mío, deduje que había un espejo. La niebla, era tan espesa que no
podía ver mi rostro reflejado en él. Solo distinguía una figura, mal definida. Aunque tuviera
los ojos que dan al mundo exterior cerrados, mi yo interno, aquella 'cosa', no me lo podía ocultar. Y jamás podría.
Tenía tantas dudas....tanto miedo, que se apoderó completamente de mi ser. Invadió cada centímetro de mi cuerpo, me quitó cada anhelo, cada bocanada de aire, cada ilusión. ¿Es esto lo que produce la indecisión, la inseguridad? ¿Dejamos de ser dueños de nuestro cuerpo, de nuestra voluntad? ¿Cómo puede, algo que es tan abstracto, adueñarse de nuestra vida?-
La duda, el miedo; sentimientos tan fuertes, tan poderosos, capaces de invadir el razocinio, de cambiar todo aquello que nos rodea y reducirlo a la nada.
Es difícil tomar decisiones...sobretodo cuando no sabemos el resultado de las mismas, ni sus repercusiones. Nos gusta pensar, autoconvencernos, de que vale la pena quedarse en la supuesta estabilidad en la cual la sociedad pregona que debemos de estar. La burbuja de cada uno, es aquello que solo nos pertenece a nosotros mismos;prácticamente, lo único que podemos reafirmar que es exclusivamente nuestro. Si no va a explotar... ¿Por qué inducirla a que explote? Y es entonces, cuando todos nuestros miedos, inseguridades y todas las decisiones no tomadas nos invaden. Nos corroen por dentro. Se adueñan de nuestra persona. Y nos hacen ser uno más de las masas. Manejables. Influenciables. Hasta tal punto que es muy difícil salir.
La comodidad, significa estabilidad.
El arriesgarse, el tener la suficiente valentía como para decir no, conlleva saltar al vacío de la incertidumbre, del 'no saber' qué será de nosotros. El arriesgarnos a equivocarnos, a no ser aceptados por una sociedad que no busca el bien común, sino el crear gente sin criterio, sin capacidad de autocrítica, en resumidas cuentas, gente pusilánime, cobarde.
Ante este aparente callejón sin salida, solo nos queda plantearnos si existe un pequeño agujero por el cual salir. Resurgir de las cenizas de nuestra mediocridad, volver a nacer. Para ser mejores. No por y para la sociedad, sino para nosotros mismos.
El resurgir es un camino duro, sí, es complicado y no siempre se consigue. Pero si se logra, supone la diferencia entre la esclavitud social y la libertad. Libertad, para vivir la vida que realmente anhelamos, sin más barreras que las universalmente impuestas para salvaguardar el bien común y las que nosotros creamos convenientes. Al fin y al cabo, nosotros decidimos. Decidimos vivir o morir. Reír o llorar. Gritar o permanecer en silencio. Ser o no ser.